viernes, 3 de marzo de 2017

Sandra Carrasco,cantaora de Flamenco, Entrevista


Sandra Carrasco,cantaora de Flamenco, Entrevista 

SANDRA CARRASCO, CANTAORA DE FLAMENCO. ENTREVISTA 
“Hay que incorporar elementos nuevos al flamenco” 
Silvia Calado. Madrid, septiembre de 2011 
Sandra Carrasco partió de la tierra del fandango para encontrarse con el mundo. Primero, con el mundo del flamenco, guiada por maestros tan ilustres como Arcángel, El Pele y Manolo Sanlúcar. Después, con la música del mundo, de la mano de Javier Limón, productor de su disco debut. Una amalgama de sonidos de diferentes latitudes envuelven su voz en este trabajo que no es estrictamente flamenco, pero sí “tiene unas raíces muy profundas de jondura”. Y aunque ya está proyectando un futuro cara a cara con el cante, ahora defiende esta carta de presentación en la que apuesta por el mestizaje y la versatilidad, sin dejar de sentarse en una silla junto a Pepe Habichuela a templarse “por Huelva”. 
Los tres maestros 
Arcángel, El Pele y Manolo Sanlúcar. Ellos son los tres maestros que marcan la primera etapa profesional de Sandra Carrasco. “Mis inicios en el flamenco parten de la ignorancia, pero también del gusto. No tenía conocimiento, pero sí un amor muy grande porque era la única música que me llenaba completamente”, confiesa la cantaora. Viene de una casa de buenos aficionados, con un padre, Cristóbal, “que canta por Huelva que te puede dar algo”. Y, en su habitación, ella iba escuchando lo que le apetecía, sobre todo, Mayte Martín y Enrique Morente. Así que cuando la llamaban “para cantar en una peña, llegaba y me ponía a cantar ‘Navega sola’, jajaja”. 
Al poco, navegaba guiada por grandes capitanes. “Maestros de nivel empezaron a contar conmigo para hacer coros y fue cuando me empecé a dedicar al flamenco”. Arcángel acababa de abrir una academia. Sandra se matriculó y viajaba a diario desde Almonte hasta Huelva para asistir a todas las clases: “Estaba siempre a su lado, era como su alumna VIP. Yo notaba el amor que tenía por mi forma de cantar. Y hoy somos muy amigos, lo quiero con locura. Son cosas que también pasan: el flamenco une”. 
Pero pasó sobre todo que el maestro le transmitió a la alumna su nueva manera de concebir el cante. Carrasco entiende que él “inició una manera distinta de cantar”, en un contexto marcado por el fandango. Explica que “en Huelva la gente tiene unos melismas particulares y algo común, no sé si es el aire de la tierra o los mayores que hemos escuchado como Rengel, Rebollo, Juan María Blanco, Toscano… que tenían como una velocidad más rápida, un porte tipo Marchena. Esas facultades creo que se van transmitiendo de generación en generación”. En su opinión, “con Arcángel se rompieron los esquemas del fandango y se descubre un mundo nuevo de sonoridades: es un cantaor tan largo, que hace cosas que crean escuela”. 
Lo de El Pele es otro mundo, “una onda única”. La cantaora lo tiene como “un pedazo de maestro y un pedazo de amigo de la familia, tengo unos recuerdos con él maravillosos”. Para ella, estar junto a él en un escenario es un deleite: “He ido con él a sitios y verle cantar por soleá, así, echado hacia atrás en la silla y con los brazos abiertos… yo, muero. Cada artista tiene su algo especial y él es muy salvaje. Y ese salvajismo a mí me vuelve loca porque se va a unos lugares que no son los convencionales, no son los esperados”. Aunque esa cualidad no está reñida con el rigor. Sandra comenta que es admirable “porque es muy estudioso, lo sabe todo, le sobran conocimientos. Ay, pero luego en el escenario, se abre en canal y te hace unas cosas… es especial”. 
Y con Manolo Sanlúcar llegó la disciplina. “Es la exigencia flamenca personificada. Es un maestro increíble, que tiene esa cosa de estar rebelado con el mundo, lo cual es también bonito porque de ahí sale su personalidad”. En su opinión, es “el compositor del flamenco: el disco ‘Tauromagia’ me parece sublime, está en mi lista el primero”. Exigencia… y emoción. Dice la cantaora que “he sentido muchas cosas con él en el escenario, he llorado muchísimo… Y también hemos llorado en los ensayos porque es muy duro y exigente, pero merece la pena. Es como un curso comprimido estar una hora ahí sentadita al lado para hacerle dos letras”. 
Paralelamente, era estudiante universitaria. “Quería ser algo más en la vida. Imagínate que un día me sale un nódulo en la garganta o por lo que sea no puedo seguir cantando”, supone. Y acabó diplomándose en Magisterio con dos especialidades: Educación Musical y Educación Religiosa. “Yo soy muy creyente y pienso que la religión es buena según cómo se trate, que se pueden conseguir cosas muy buenas según la manera en la que proyectes ese conocimiento”, revela. Pero reconoce que “mi pasión era mi carrera de por la mañana”, la musical. Esa especialidad “me aportó conocimientos técnicos muy buenos: piano, solfeo, flauta…”. Por eso, a quienes piensan que flamenco y técnica son incompatibles les responde que “el estudio nunca te va a restar, sino que va a sumar en todos los aspectos. Creo que es bastante acertado lo que hice”. Mientras estudiaba, el cante era un hobby. “Era una persona normal, haciendo mis estudios, no me gustó nunca ni salir de discotecas ni trasnochar, no lo entendía. Me llevaba todo el día en mi habitación escuchando música, jugando con mis muñecas… he sido niña-adolescente y eso me quitó de la calle”. Luego supo que “la carrera más importante es la de la calle”. Y la cursó de golpe. 
El destino, Madrid… y Javier Limón 
Dice que el destino la trajo a Madrid hace ahora tres años. “Y aquí estaba la carrera de la calle, la carrera de la soledad y la carrera de uno mismo enfrentándose con uno mismo”, reflexiona la cantaora. Considera difícil buscarse la vida en la capital: “Para los buenos artistas que hay, la cantidad de tablaos y lo activo que está, el flamenco no está muy valorado. Y aquí la vida es muy cara. No cuadra lo que cuesta un alquiler, con lo que te pagan por actuar una noche en un tablao. Así que si sales adelante aquí, creo que puedes hacerlo en cualquier sitio”. En Andalucía la vida era diferente. Vivía en Sevilla y trabajaba poquito, “pero me cuadraba todo”. 
Un día estaba tranquilamente tomando el sol en Matalascañas cuando recibió una llamada. Era una amiga de Madrid que le decía que “había un musical de la copla, que estaba el cásting cerrado pero que tenía que ir, que le daba una corazonada, que el productor ejecutivo era amigo suyo, que Javier Limón estaba haciendo la dirección musical…”. Así que, “por ella, eché cualquier cosa en la mochila, cogí un tren, hice una prueba con Javier y, a los dos minutos, me dijo que por él estaba dentro, que corriera a que me viera Blanca Li, que hiciera la prueba de interpretación, la hice bien y entré”. Y nunca, según reconoce, había hecho ni teatro ni copla. “Me llevé dos meses a la sombra, aprendiéndome todos los papeles por si acaso… hasta que por fin encontré un sitio espectacular, un personaje entrañable”, recuerda. Le pidió a su madre que le trajera una maleta de ropa… y nunca más volvió a irse de Madrid. 
Por el momento, su paso por el musical ‘Enamorados anónimos’ es la experiencia profesional “más bonita que he vivido, una experiencia de aprendizaje, en la que conocí a gente que considero familia”. Y, sobre todo, a Javier Limón. Desde el principio, estuvo cuidándola y defendiéndola: “Siempre estaba diciéndome “Sandrita, hija, qué bien cantas” y me daba muchos besos en la frente, jajaja. Estaba conmigo de una forma entrañable y tratándome de manera especial. Notaba que había feeling artístico y personal”. Así que a día de hoy afirma que “Casa Limón es mi casa”. Aunque ser parte de esa casa tiene un significado profesional: “Qué suerte he tenido. Veo a los artistas a los que ha sacado, lo que lleva a la espalda, su reconocimiento, sus premios… es un maestro de la producción en España”. Aunque aclara lo que le importa: “El trabajo nace del amor por las cosas, así todo rueda, y lo que al final se queda es la persona”. 
Un disco transfronterizo 
Sandra Carrasco, presentación del disco (Foto Daniel Muñoz) Sí, Javier Limón fichó a Sandra Carrasco. Y en Casa Limón fraguaron juntos su primer disco en solitario. Aunque antes le fue proporcionando un rodaje de colaboraciones que ha quedado reflejada en grabaciones como ‘Mujeres de agua’ -en el que comparte elenco con Carmen Linares, La Susi y Estrella Morente- y en directos de artistas de “plantilla” como Concha Buika. Y con esos encuentros previos está muy relacionada la línea del álbum, que se llama, sencillamente, ‘Sandra Carrasco’. No es, por tanto, el típico debut de una cantaora joven, que suele ser una demostración de conocimiento de las bases hoy tenidas por clásicas en el cante. “No era el momento de eso. Hay tan buenos artistas jóvenes cantando ahora, como por ejemplo a Argentina, Pitingo -que también canta por derecho-, Guillermo Cano… que no creo que yo fuera a aportar nada… este año”. Aunque sí está en sus planes futuros. “Lo haré más adelante, de hecho, tenemos pensado hacer un DVD en el que haga mis cantes”, anuncia. “Me encanta, lo siento y lo quiero hacer, pero antes me hacen falta al menos dos años de estudio y sentirme realizada con el cante, que lo pueda defender y puedan mandar mis facultades y mis conocimientos, y no que el flamenco me maniate a mí”, asegura. 
Así que el desafío con este primer disco era no volver a lo ya hecho, sino “intentar aportar algo nuevo a la música y creo que lo hemos conseguido, que hemos pensado un camino”. Reconoce que quizás “yo sola hubiera hecho otras cosas, pero voy de la mano de un maestro y hay que dejarse llevar por los profesionales”. Lo flamenco está expuesto en este disco de un modo diferente, está en la tesitura de su voz, en sus dibujos, en las estructuras rítmicas y en algunas colaboraciones, aunque todo entretejido con un mestizaje de sonidos de otras culturas, incluida la pop. “Hay un fandango, una zambra con una seguiriya al final a coro, bulerías, ‘La calle del Olivar’ dedicada a Miguel el del Candela, el sonido de pies del baile de David Paniagua y Paloma Fantova, la percusión de Piraña…”, detalla. Y el flamencómetro llega a su cota más alta en el corte final: ‘Fandangos con el tío Pepe’. Sí, es Pepe Habichuela quien la acompaña a la guitarra en este cante que la lleva de vuelta a su tierra. 
La grabación con el maestro granadino es uno de los episodios memorables de la trastienda de este trabajo. “Grabamos juntos a la misma vez, yo en una cabina y él en otra, de frente. ¡Imagínate! Es lo puro más puro y, de repente, te hace una modernidad que te deja de piedra. Él es lo arraigado, pero en casa tiene a un genio de lo moderno que es su hijo Josemi Carmona. Se deja asesorar por él y si le dice “papa, haz aquí esto, lo hace increíble. Tiene gloria en sus manos y una cosa especial en su persona”, cuenta la cantaora. Personalidad… “Lo que más me gusta de los artistas, sean guitarristas, bailaores o cantaores, es que los escuches y los reconozcas de inmediato, que digas este es Pepe, este es Paco, este es Vicente, esta es Estrella”. Y a Pepe se le identifica desde el primer acorde. “Javier y yo nos la hemos gozado, en la mesa de sonido sentados los dos. Yo canté con él lo primero y una vez que estaba clavado, lo dejamos a él solo en la pecera y, sobre la guitarra base, iba encima haciendo sus cositas. ¡No sabes los saltos que dábamos escuchándolo!”. 
Y, casualmente (o no), Pepe Habichuela es uno de los padres de los diálogos entre el flamenco y las músicas del mundo, como puso de manifiesto su disco ‘Yerbagüena’. “Ahora hemos tenido en Gerona una presentación con Anoushka Shankar y hace con ella unas granaínas. Además, va con Dave Holland… Es el viejo más moderno y más hippy del flamenco”. Pero resulta que esta vía de encuentros es -salvando las distancias- la que se trabaja de lleno en este disco de Sandra Carrasco. En los créditos aparecen hasta veintiséis músicos de al menos una decena de países diferentes. De Granada a Madrid, de Túnez a Turquía, de Francia a Puerto Rico, de Líbano a Marruecos, de Estados Unidos a Cuba, de Palestina a Israel. 
Aunque esos viajes no los ha hecho ella, sino su productor: “Todo eso nace de Javier, él lo hace y lo busca. Hace un camino y me pide que confíe en él. De repente, me decía “hoy me voy a Israel con Avishai Cohen (que, por cierto, es fan de Enrique y Camarón), y va a meter un bajo en la seguiriya”. Venía, me lo ponía… Y como es una persona muy expresiva, me iba explicando la música con su cuerpo y yo iba viviéndolo con él”, admite. A lo que añade que “ama la música y los detalles pequeños los ve como grandes y siempre me ha enseñado que menos es más”. 
¿Y cómo afectan esas relaciones musicales al flamenco? Sandra Carrasco defiende las fusiones “siempre que se hagan con coherencia y con cabeza”. Va más allá al decir que, para evitar caer en el tedio, “hay que incorporar elementos nuevos al flamenco”. Pero distingue entre el flamenco que te puedes encontrar en Jerez si te vas “a escuchar a El Zambo, que es lo más puro… ya no hay más capas abajo”, y ese otro “mundo de las personas que nos gusta el flamenco y que estamos arraigados con él, pero queremos hacer cosas con otro sentido”. Y no duda en subrayar un referente: Enrique Morente, que “hizo ‘Omega’ con Lagartija Nick y luego lo escuchabas cantar martinetes, seguiriyas, malagueñas”. La conclusión es que la mixtura “afecta al flamenco positivamente”. Si no lo creyera, no se habría implicado en proyectos tan experimentales como el ‘220V’ que estrenaron en Madrid en Danza 2010 el músico electrónico Artomatico con los bailarines y coreógrafos Nani Paños, Rafael Estévez y Antonio Ruz. “A mí me gusta ese mundo, soy una amante de la música y me esfuerzo por ser versátil”, asegura. En esa obra, lo mismo deconstruía una caña, que cantaba por martinetes en pleno porté. “Me encanta que los bailarines me cojan en alto mientras estoy cantando por seguiriyas, que me den una vuelta mientras canto por martinetes…”. Y es que es de las personas que creen que “hay que estar abiertos, investigar y hacer las cosas que vengan”, pues la vida, como dice la canción, hoy pasa...

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Rosa Gracia Administradora

El flamenco es un estilo de música y danza propio de las comunidades de Andalucía, Extremadura y Murcia. Es un signo de identidad de la etnia gitana que ha desempeñado un papel esencial en su evolución.

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